Ni por todos los cielos del mundo.

Como tratar de aprender a sumar sabiendo sólo de restas. Como rebelarse a la autoridad a riesgo de multa. Como beberse la vida en un vaso de sidra y contar la felicidad a chupitos. Como saber que lo irreverente engancha más que cualquier vicio. Y aquí somos de probarlos todos. Como fumarse las colillas por no atreverse a exigir un cigarro. Como creerse el rey del mundo sin haber visto tu trono.

Y bailar hasta que las penas se queden en la puerta. Y reír hasta pegarle fuego a los reproches. Y sentir que en verano todo resulta más sencillo.

Si echas la vista atrás, verás borroso. Como si el tiempo hubiese pedido una tregua para volver a ser quien fue. Y nadie haya podido dársela. Como si no hicieran falta los que faltan y ya no vienen. Como si hubiese un muro inquebrantable y a la vez tan atractivo que tuvieses esa necesidad imperante de estamparte contra él. Como si no existiesen los cómos cuando sobran ganas de comernos. Como si hubiésemos llegado a tiempo hace tanto que ahora vamos con retraso. Como si doliera menos la cabeza de darle tantas vueltas. Como si el pasado se hubiese olvidado de pasar por aquí. Como si tuvieses tantas cuentas pendientes que prefiriésemos pagar a plazos para no gastarnos de un golpe. Como si no fuera una cuestión con respuesta firme y tuviese mil y una variantes. Como si, para variar, echar en falta fuese tan sencillo. 

Y acostumbrarse sin control a la eterna espera más que a las llegadas precipitadas. A encuentros que acaban bajo el cielo de a saber qué ciudad tan puta. Porque no hay santo que aguante la cadena perpetua sin esperanza a la vista. 

Qué bonito lo que lo parece y lo es. Qué sencillamente genial contarnos sin cuentos los lunares de una espalda cualquiera. De cualesquiera que sea la forma y el fondo de toda historia que empiece por dos que quieran quererla. A la historia. De reyes de barra, de perdedores con copa y de fumata de todo menos de paz. 

Como aprender a olvidarse de quien se olvida antes de ti, como saber que existen miles de rincones donde tomarse la vida a risa, como valerse de uno mismo para quererse lo suficiente, como entender que las cosas que se salen de los planes, a veces, pueden ir bien. Como aprenderse de memoria los recuerdos que interesan y olvidar los demás, como entender que Ponzano siempre tiene seguro de risas, de volver a ser quien fuiste y del por qué hubo un tiempo donde estar contigo cerca garantizaba una historia digna de ser contada porque a la larga, todas lo son.

Y cuanta guerra dábamos cuando teníamos falta de conquistarnos. Y que dolían las manos de tanto apretarlas juntos. Y que sentían que siempre ganaban mientras se estaban echando a perder. Ni por los tiempos de aquel entonces. Ni por caminos sin rumbos. Ni por todos los cielos del mundo. 

 

Ángel Ludeña.

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