Puedo prometer y prometo.

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Cuentan las calles más viejas de la ciudad que hubo tiempos antaño donde prometer valía más que un pase ilimitado a todas las fiestas de renombre. Más incluso que una cerve fresquita en verano o una carcajada a tiempo después de una tormenta del todo sideral. Tal vez puede que incluso más que un amor a destiempo que de repente cumple su marca en la última carrera.

Puedo prometer y prometo que he bailado hasta las tantas en la barra de cualquier bar de buena suerte. Que me he reído de las historias que empiezan como empiezan todas, que he cantado a grito “pelao” letras inventadas y que he contado más verdades de la cuenta a golpe de chupito. Puedo prometer y prometo que he dejado de beber y puede que tal vez por eso me haya dado por pensar. Que las verdades absolutas tan solo duran un asalto. Que tal vez el negro no lo fuera tanto y el gris clarito, visto al sol, pudiese parecer hasta casi blanco.

Puedo prometer que el verano se me fue de las manos derrapando a toda velocidad por el extrarradio de Madrid. Esquivando cuestiones sin respuesta, chocando de frente con obstáculos y haciendo parada en todo bar de carretera. Y que prometo haberme bebido los problemas bailando con la mala suerte para echarle un pulso a los recuerdos. Como si fuese tan sencillo. Y que puedo prometer que el cuarto piso derribó la puerta a cañonazos para que entrasen los valientes que preferían no hacer preguntas. Y que mejor no saber de nadie para que nadie sepa de mí. Y prometo que de tanto saltarme las normas ya ni siquiera sé cuales son correctas. Que tiré por la borda de la desesperanza la ilusión de dar por bueno todo lo que no lo es.

Y prometo que estoy hasta los cojones de hacer lo correcto, de dejarme ganar como un puto cobarde y de dar la callada por respuesta cuando, en realidad, yo quiero hablar. Y decir bien alto que dejé las balas no sé ni dónde ni tampoco el por qué, porque este verano me enseñó que odiar ya no computa como una opción.

Y que parece que la vida se empeña en dejar pistas por si acaso. Por si acaso se olvida. Por si tal vez me olvido (y hasta aquí). Puedo prometer que tiré mi orgullo por la borda para evitar exceso de equipaje. Que no es necesario llevar nada para viajar hasta la puerta de ningún sitio. Ni tampoco para entender que no hay mejor lugar que ninguno cuando sientes que estás donde no debes, pero quieres. Donde siempre se puede dar un alto en mitad del combate para firmar la paz con quien tampoco entendía de guerras. Al menos, no entonces. Y al menos, no conmigo.

Puedo prometer que si la vida acabase mañana tengo claro lo que haría hoy. Y que aún así pasa el tiempo, dejando para entonces, lo que debía ser para ahora. Porque puedo prometer y prometo que sigo siendo el mismo cabezón caprichoso que nunca dice que no a una cerveza a tiempo. Y que para la cerveza, te prometo, que siempre lo es.

Ángel Ludeña. 

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