Al día siguiente.

Como amanecer antes de tiempo de una fiesta con intenciones de no acabar nunca. Algo así, como esas noches donde sabes que no debes beber más y aún así te pides la penúltima con la esperanza de que no sea la última. Como entender de un guantazo lo que llevaban diciéndote desde hace mil. Ni tanto, ni para tanto lo de suplir la tristeza en un colchón de cuerpo y medio.

De importancia relativa están llenas las cosas que se anudan a tu cuello para rozarte el corazón. Una intentona tan inservible como necesaria ciertas veces. Y de acertar poco y mal desde hace mucho. Y de fallar, aún menos todavía. Por no hablar de nada para no acabar con todo como si aún quedara algo. Por no mirar más de la cuenta para no ver lo que ya está visto. Y de vistos para sentencia están llenas las historias caducadas que ya nadie tiene intención de poner en fecha.

Y proponer previsiones para acabar dándote la sorpresa. Que declarar tu amor no sirve cuando llega con retraso. Que me quiere tarde a quien quise tanto y ya no quiero. Aún después de regalarme más noches que la luna a la que cantaba Pereza. Y querer como mejor forma de salvarse de toda catástrofe artificial. Que nada menos natural que no hacer lo que te de la puta gana. Que decepción tiene mil rimas que me encantan. Como poner pasión en todo lo que hace que salir un martes valga la pena.

Y recorrer la vida de por entonces para entender por qué fue entonces y no ahora. Y aceptar el trato desconocido de quien ya apenas te conoce. Para descubrir que te equivocaste pensando bien. Aun cuando no hay mal que por bien no tenga la intención de dejarse ganar a golpe de barra.

Que nadie nos vuelva cuerdos que buenos locos quedamos pocos. Y tirar de la manta cuando no duermas solo para ponerte al resguardo de las malas compañías. Que ni tan mal se entiende, ni tan bien explica lo que ya no merece aclaración. Para aprender a rodearme de quien sabe atravesarme con abrazos.

Y que no es por no creer en nada, que creer creo en muchas cosas empezando por Madrid. Y sus noches que regalan buenos días y sus días rodeados de valientes que aprendieron a ser fuertes de manera obligatoria al día siguiente.

Ángel Ludeña.

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